En realidad, antes de que conociéramos el evangelio del agua y del Espíritu —es decir, antes de que conociéramos y creyéramos que el Señor se hizo cargo de todos nuestros pecados al recibir el bautismo—, estábamos atados bajo la ley. Por más que creyéramos en Jesús y creyéramos que éramos salvos de los pecados del mundo, el pecado todavía estaba en nuestro corazón, y todavía estábamos atados bajo la ley, así que no había manera de escapar del pecado ni siquiera por un solo día. Nuestro corazón siempre estaba atado al pecado y, agonizando en aquella atadura, pasábamos días, en verdad, dolorosos.
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